¿Somos racistas por naturaleza o creamos odio en función a factores externos?




La actual crisis del coronavirus ha despertado un sentimiento de rechazo hacia personas chinas, foco primigenio del virus, y en algunos casos se ha materializado en desprecio e, incluso, agresiones. Esto, sin duda, obedece a comportamientos inaceptables de individuos insociables que han utilizado una mera excusa para sacar su odio a pasear, pero que no representa el comportamiento ni de la ínfima parte de la población. Si bien es cierto que nos encontramos sumergidos en una atmósfera psicotizada, y que algunas decisiones no ayudan a calmar la sensación, se puede decir que el racismo hacia personas orientales es marginal, debido a que no se siente una supremacía blanca respecto a su raza, al contrario, se les suelen valorar ciertas capacidades inherentes como el sacrificio o el tesón.

En cambio, a menudo la historia nos ha mostrado la cara más intolerante del ser humano, y ciertos episodios establecieron un statu quo cuyo poso no se ha terminado de diluir a día de hoy. Hablamos, por ejemplo, de las conquistas del nuevo mundo, donde los nativos fueron esclavizados y torturados a manos de los conquistadores; del Holocausto nazi; del Apartheid sudafricano, por el que se aprobó el racismo a toda persona no blanca; o del Ku Klux Klan (KKK) norteamericano. Y es que, en plena era de la información, donde todo está a golpe de clic —al menos en los países más desarrollados—, son difícilmente digeribles los comportamientos xenófobos, que en muchos casos, radican en la desinformación y la incultura, y es esa falta de conocimiento la que nos hace fácilmente manipulables ante cualquier teoría supremacista.

No en vano, como el propio coronavirus, los dogmas especulativos contagian sin freno, y parasitan las mentes más frágiles, a fin de formar un rebaño de acólitos sumisos que le hagan el trabajo sucio a los líderes a cambio de nada. Por extraño que nos parezca, esto sigue ocurriendo, y la prueba más clara es el catalanismo, movimiento supremacista donde los haya, que no duda en mentir y en crear realidades alternativas para lograr su objetivo. El régimen independentista catalán, como el vasco en su día —mención aparte merece el terrorismo como método de presión extremo—, es profundamente racista y totalitario, como lo fueron los muchos casos que la historia nos dejó. Es tal el adoctrinamiento al que se lleva sometiendo a la sociedad catalana desde hace décadas, que hasta los inmigrantes han adoptado esa posición xenófoba contra lo español, asegurando creyentes puros, sin reconvertir como los españoles ganados para la causa.

Parece poco plausible, pues, asegurar que el ser humano es racista por naturaleza, sino que es más lógico pensar que somos temerosos de lo diferente e influenciables por discursos populistas radicalizados que fomentan ese temor. La globalización y la tecnología nos han permitido conocer otras realidades sociales y otras culturas, y en mayor o menor medida, todas las piezas han terminado encajando, salvo en los casos de comportamientos inaceptables de individuos insociables que se han mencionado al principio.